jueves, 26 de junio de 2014

cafeínaparados.


Para mi fortuna, de los 26 besos, el número 23 fue el más largo, el más lento.
Eso ya debía decirme algo, ¿no?
Me abracé a su cuerpo, aspiré su aroma y cerré los ojos.
Por mero sadismo, reviví lentamente todo lo que había respirado,
todo lo que había pasado hasta llegar ese día.
Entonces, tibias, incontenibles, las lágrimas hicieron acto de presencia.
No era dolor, ni las heridas reabiertas,
era la emoción -inaguantable- de tener su pecho como refugio,
su alma como compañera, de saberme con él, de saberle conmigo. 
Siendo, siempre siendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario